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CHANDLER, TRAUTMAN, ELADIO SECADES Y LOS “EXCLUIDOS” DE 1946

Por Andrés Pascual

En 1949, el Beisbol Organizado les abrió una puerta a “los inelegibles” que fueron separados “de por vida” por la incursión a la Liga Mexicana en 1946, según Eladio Secades, legendario cronista deportivo cubano a quien ataba una vieja y fuerte amistad con Jorge Pasquel (foto ambos en La Habana), “volvió a admitirlos en su seno, les ofreció pan y asumió la actitud del buen padre, capaz de perdonar los pecados de su hijo…”.

Pero, en aquella sanción exagerada y peligrosa de 1946, no se reflejaban las legislaciones del pasatiempo, sino el carácter y la política personal del Comisionado Happy Chandler.

El hombre que sustituyó al patriarca Landis, según Eladio, “nunca fue reconocido por ser un individuo de rectificaciones, de remordimientos, de trastienda generosa, de mano izquierda…”, entonces todo el mundo pensó que aquella injusticia sería cumplida de punta a cabo, sin detenerse a pensar en el sustento de los jugadores ni en sus familias, incluso ni en el rumbo que tomarían los clubes con peloteros suspendidos por las ausencias de los rosters.

Cuando Chandler informó en 1949 que abría una puerta para sanar la herida provocada por el éxodo de ligamayoristas a la Mexicana, Secades escribió que la noticia en sí fue “menos sorprendente” que el modo como ejecutó el levantamiento de la suspensión: “de zopetón, de un plumazo…muy a la forma tiránica de dirigir de este individuo”.

Como sucede siempre con los “mandamases” en cualquier esfera social, los lamebotas, los aduladores, los sietemesinos de la crónica y de otras instancias, aplaudieron “el gesto” de Chandler como un acto de filántropo de Salón de la Fama, sin embargo…

Lo que quisieron vender como un gesto de comprensión ultrapaternal, lo hizo sin bombo ni platillos George Trautman, el Presidente de los Circuitos Menores, que tuvo la visión, la capacidad de justicia y el corazón para aflojar abajo en pro de los jugadores, de los clubes y del propio pasatiempo…mientras que el hombre que casi contemplaron como a Cristo, que exageró el rigor de la ley, que desconoció y apretó arriba por soberbia ante un problema de dimensión mayúscula, se llevó la ovación “clasificada”; en definitiva, tan infractores fueron los de Ligas Menores como los de Grandes Ligas, la diferencia estuvo en la clase del personaje en cuestión para cada circuito, en su inteligencia, en su comprensión y en su calidad humana: Happy Chandler creyó que era Dios en la tierra a cargo del beisbol de Grandes Ligas.

En los días en que Trautman se daba a la tarea inteligente y piadosa de revisar y reinstalar las peticiones, Chandler, por su parte, le decía a cada jugador que hacía lo mismo para las Grandes Ligas, “no veo razón para alterar el fallo de su caso…”, esa respuesta la recibieron Roberto Ortiz, Adrián Zavala, Napoleón Reyes, René Monteagudo, Estalella, Ardilla Haussman, Rodríguez Olmos y muchos más que le imploraron “el perdón divino” al propio Satanás.

La forma tan grosera e injusta de implementar el castigo sobre los “flagelados” fue tal, que, el magnate cubano Miguel Angel González, entonces coach de 3era base de los Cardenales de San Luis, fue suspendido en el grupo que cruzó la frontera y perdió su trabajo en el club de Grandes Ligas; a pesar de que el glorioso jugador-manager y propietario criollo viajó a México a tratar de convencer a algunos peloteros cubanos de que no jugaran allí.

Pese a todo, aunque tardío, el levantamiento de la suspensión significó una medida positiva para el beisbol cubano, que había sufrido la afectación de su campeonato invernal por la celebración de dos torneos, uno de ellos considerado “renegado”, que le impidió al fanático disfrutar durante 3 campañas “seguir como Dios manda” a sus estrellas nativos en cada club de su predilección.

El beisbol profesional cubano logró sobreponerse a la molestia que provocó en la fanaticada la medida de un verdadero antisocial, un tirano que ordenó y ejecutó la peor de las ideas, nunca antes igualada en los anales de las Grandes Ligas, contra el carácter de unión y humanismo que debe tener intrínsecamente el deporte en cualquier variente, amateur o profesional.

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