CON LUQUE EL JUEGO ERA CLARO Y DURO

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Por Andrés Pascual

Adolfo Luque no hubiera podido dirigir hoy, le sobraba el amor propio, que no es precisamente un requerimiento para mandar el juego “sabermétrico” de Grandes Ligas.

Estos son tiempos para Joe Torre, con quien el dueño de los Yankees barría el suelo y lo utilizaba como al saco de boxeo colgado en una habitación, que se le da hasta sudar la ira, sin importar qué la ocasionó.

O como Jennings, manager de los Marlins, que, cuando usted mira hacia el dugout, tiene la boca medio abierta y la vista perdida, reflejando al “mareado imprudente”, que subió a una una montaña rusa acabado de cenar y al bajarse no puede entender si debe reír, llorar, vomitar o corregir.

Contaban que Papá Montero le podía decir hasta alma mía a un bateador que no ejecutara bien el sacrificio en toque de bola, o al pitcher que no pudiera sacar el out necesario porque se descontrolara.

El caso es que Luque no era de paños calientes ni golpeaba con guantes de amateur, dirigía a profesionales y les exigía como profesionales. Por su determinación logró triunfar en México, porque inspiraba respeto y “no comía miedo”.

Corre una historia con respecto a un segunda base que no pudo retener dos lances consecutivos, cuando llegó a la cueva, Adolfo le preguntó si le apretaba mucho el guante, entonces el jugador, importado de Triple A, le dijo que “no conocía al terreno todavía”; el manager lo llevo hasta la posición intermedia y, caminando primero hacia la inicial y hacia segunda después, mirándolo fijamente a los ojos, le espetó: “terreno, te presento a fulano…”, viró la espalda, se fue al banco y, sentados ambos, le dijo: “fíjate, ese que va a abrir el inning batea la curva por tu posición, dícelo al terreno para que se preparen los dos”. El bateador conectó por la zona y fue out fácil…

En 1947 Travis Jackson, ex coach de los Gigantes, hizo el mayor elogio del temperamento de Luque duante una entrevista con Dan Daniels; mientras recontaba colectivos ganadores del club que jugó en Polo Grounds, se detuvo en la edición que ganó la Serie Mundial de 1933 contra los Senadores de Washington: “…muchos me preguntan qué teníamos en 1933, rutinariamente respondo que espíritu, dependíamos casi totalmente de Hubbell y del relevista más valiente que jamás vi en Grandes Ligas, el cubano ADOLFO LUQUE, cuando este hombre iba al montículo había que matarlo, desde cualquier punto de vista. Terry le tenía tanta confianza que nunca le indicó cómo lanzar en ninguna situación del juego. Adolfo inspiraba con solo mirarlo a uno a los ojos. Incluso cuando una vez se complicó y Terry decidió sacarlo, el cubano tomó el guante con la derecha, estaba furioso y le dijo: déjeme concluir el problema Bill, déjeme ganarlo, usted sabe que puedo, Bill lo dejó y el resto se conoce…” Con aquella victoria, Papa Montero se convirtió en el pitcher de más edad en ganar un juego de Serie Mundial hasta hoy.

Cuando el antillano terminó, tiró el guante al suelo, los Gigantes eran campeones porque Bill Terry confió, sobre todo, en el valor personal de aquel hombre.

Por el coraje que le “inyectó” al Almendares en la campaña 1946 ganaron los Alacranes, cuando todo el país daba por hecha la victoria habanista, el glorioso manager se paró en el dugout y dijo “esto no se ha terminado, yo lo voy a ganar…” y lo ganó.

Adolfo Luque conocía de las enormes sumas de dinero que se apostaban en la pelota en Cuba, por eso tenía bajo escrutinio personal a todos los peloteros que manejaba, había formado parte del staff del Cinci cuando 8 jugadores del Chicago White Sox arreglaron la Serie Mundial de 1919.

Para uno de los campeonatos que se jugaron en el Estadio La Tropical, el club añil importó al pitcher negro Radcliff; desde que empezó el juego, la cara de Luque transmitía su inconformidad por cómo lanzaba el pitcher, porque un serpentinero puede no tener control hoy, puede que sus envíos no tengan velocidad un día, pero no es aceptable que rechace todos los lanzamientos que le pida el catcher y eso sucedía: Radcliff no veía con buenos ojos ninguno de los pitcheos que le solicitaban, tirando al centro del home, casi a medio brazo, todo su arsenal en rectas que eran merengues.

Luque visitó a Radcliff 3 veces en el balk, pero el tipo continuó como si con él no fuera, haciendo sospechosa la conducta, más aún por sospechosos antecedentes que lo acompañaban.

Entonces el manager sustituyó al pitcher, con quien cruzó duras y violentas palabras no excentas del manoteo que presagiaba tormenta.

Radcliff se encaminó al clubhouse seguido de cerca por Luque y algo más lejos por un centenar de fanáticos.

Cuando el manager entró, cerró la puerta, entonces se oyeron gritos de Luque en inglés, al poco rato, un ruido como de arma de fuego paralizó a la concurrencia; al abrirse la puerta, apareció Radcliff pálido; sin miramientos, salió como “alma que lleva al Diablo” a recoger sus pertenencias para abandonar al club y al país.

Al llegar la policía y efectuarse la investigación rutinaria, descubrieron que el ruido no era de revólver ni de pistola, sino del portazo que tiró Luque, por el que Radcliff casi muere del corazón.

Luque era una garantía aliada de la decencia en el beisbol cubano, por el pasatiempo se hicieron ingentes esfuerzos, para mantenerlo fuera del radio de la lacra y puede decirse que se logró.

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