COOPERSTOWN CUMPLIÓ 76 AÑOS

cooperstown grupo 1939 mejorPor Andrés Pascual

Cuando el primer grupo de jugadores que inaugurarían el recinto comenzaron a llegar a Cooperstown en 1939 (LA SELECCIÓN SE HIZO EN 1936), el pueblito neoyorquino era una calle con algunos comercios a ambos lados del “paseo central”, además, algunos “ramales” pequeños y casas de familias edificadas o en construcción.

Entre las anécdotas que han contado, la que más me ha llamado la atención fue la preocupación de Ty Cobb porque “su gente” lucieran como lo que representaban: personalidades del juego que pasarían al último estado del estrellato, la inmortalidad.

Entonces un pelotero de su época, que no guardó o no lo acompañó la suerte y hizo acto de presencia como quien guataquea caña a las 12 del día, fue interceptado por el Melocotón antes de que alcanzaran a verlo los otros, lo tomó del brazo, lo llevó a una esquina de cuadra desolada y sacó el dinero suficiente para comprar ropa y pagar una renta con la siguiente indicación: “compra el traje que merece esta ocasión, que no quiero morirme de pena si te ven así…y quédate con lo que resta, pero no se te ocurra tomarte un trago hoy ni mañana”. Rigurosamente cierto, lo contaron Dan Daniel y Shirley Povich como se los relató llorando el individuo un mes después de la muerte del gran bateador.

El Salón de la Fama y Museo del Baseball está en Cooperstown, porque la leyenda cuenta que Abner Doubleday inventó el juego en la localidad en 1839 y fue allí donde por primera vez se jugó lo que después sería el pasatiempo nacional americano.

Algunos no lo creen, sin embargo, aceptan que todos los negros pre-integración hubieran sido inmortales y peor, creen en sus records, que no están asentados ni el 45 %, por eso no se ha podido hacer una enciclopedia confiable y son retazos, a veces solo nombres de jugadores, como la de James A. Riley. Números que se elaboraron por transmisión oral de quienes, dijeron entonces, vieron los juegos, o como el jonrón de Gibson en la Baulander de Santa Clara que, verlo, lo que se entiende como “estuve allí”, nadie hasta hoy.

El Recinto ni fue idea ni es patrimonio del Beisbol Organizado (MLB), que trabaja con ellos desde los 40’s, sino de particulares como la familia Clark y la Singer, potentados que amaban el beisbol y decidieron honrar a los peloteros como se venera a un libro o a un cuadro de un pintor.

Desde entonces a la fecha ha sufrido modificaciones como la biblioteca anexa y un terreno para efectuar el juego de exhibición y recuerdo entre clubes escogidos de ambas ligas (Ruth, Cobb, Johnson, Alexander, Wagner…lo inauguraron)

La villa Cooperstown debe su nombre al juez William Cooper, que la desarrolló sobre la base de la PATENTE que lleva su nombre, este individuo fue el padre del escritor James Fenimore Cooper, que creció y vivió allí y en la localidad escribió el clásico El Último de los Mohicanos.

Hace poco leí a un plumífero miamense “implorándole” a Cooperstown que “hiciera justicia con los latinos”, ni por la cabeza le pasó que no es Cooperstown quien elije, sino pseudo-cronistas como él, que, como él también, ni leen ni hablan ingles ni saben de beisbol lo mínimo esencial para votar y lo hace.

Si los inconformes “modernos” conocieran de beisbol lo que exige la profesión, si supieran de la cantidad de americanos blancos que no están y les sobran méritos, si iniciaran la selección de estos, el próximo negro y el próximo hispano, blanco, indio o negro demoraría un siglo para poder entrar. Llámese Tiant, Oliva, Concepción o como sea.

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